Retornos

Se nos escapa a veces el tiempo sin que nos demos cuenta, confundiéndonos con su poder para hacer que las horas corran sin dejar apenas rastro de su huida, robándonos incluso el aire. Y el espacio. Dejándonos perdidos en una maraña de tareas y recuerdos, reflexiones y elecciones, ideas y lamentos. Hasta que, de alguna forma, encontramos la manera de volver al camino, y quizá incluso a nuestro lugar, ese en el que, en algún momento, una vez sentimos que todo estaba en su sitio.

 

La nota

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Nunca he dejado de sentir el peso de su mirada sobre mí. Ni siquiera estando a cientos de quilómetros, en otro país, en un lugar que supuestamente desconoce. Siempre he sabido que no es posible ocultarle ciertas cosas, no al menos durante demasiado tiempo. Supongo que por eso tardé tanto en irme, adivinando que su obsesión le llevaría a no descansar hasta volver a tenerme entre sus garras. Supongo que por esa razón tampoco me sorprendo cuando llego a casa y descubro la nota en mi habitación. Creo que incluso estaba esperando algo así, una señal de su presencia, pues en mi interior sabía que era solo cuestión de tiempo que me encontrase.

Despacio, dejo a un lado la esterilla de yoga que llevo colgando del hombro, y me quedo quieta unos momentos, tratando de agudizar el oído para tratar de captar cualquier sonido que me revele dónde está, porque sin duda sigue en el piso. Los momentos se transforman en minutos. Me cuesta reunir la fuerza y el valor necesarios para acercarme a la mesa de madera sobre la que reposa ese trozo de papel, tan simple y al mismo tiempo tan capaz de aterrorizarme. Cuando rozo la hoja con las yemas de los dedos de la mano izquierda, noto cómo me tiembla todo el brazo y, por un instante, siento incluso un cosquilleo imposible en la mano derecha. Me quito las gafas de sol y enseguida reconozco su caligrafía barroca. Una sola línea, seguramente escrita con su pluma favorita. Lo imagino escribiéndola, sentado frente al gigantesco escritorio de madera al que me tenía estrictamente prohibido acercarme: “No puedes dejarme”.

Por supuesto que no puedo. Lo he sabido siempre, en realidad. Por eso no me inmuto cuando siento el crujido de la madera y, poco después, la bisagra de la puerta, que tan intencionadamente he dejado sin engrasar. Por eso estoy preparada, con su nombre en la boca, y lo pronuncio lentamente cuando veo su rostro.

—Ángel. —Él me saluda con una sonrisa que quiere parecerse a la de un padre decepcionado. Pero no me engaña. Ya no. Se acerca con pasos de gigante, mirándome con esos ojos de color azul helado que una vez me parecieron cálidos. Probablemente no espera de mí ninguna reacción. Probablemente supone que me quedaré tan paralizada como cuando me cercenó la mano con el machete de la cocina. Supone mal. Esta vez es él el sorprendido, lo sé por cómo entreabre los labios y se le dilatan las pupilas, cuando siente la frialdad del arma a través de la suave camisa que lleva puesta. Lo único que me decepciona es que no veo terror alguno en su rostro de líneas finas y perfectas, recién afeitado. Aun así, aprieto el gatillo sin darle tiempo a decir nada. Y todo se acaba.


 
 

Cinco ingredientes (yoga, caligrafía, obsesión, gafas de sol, ángel), una historia y una fecha estrella. ¡Feliz cumpleaños, Clari!

Leyendo Número cero, de Umberto Eco

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Me gusta la encuadernación negra de Número cero[1], en cuya sobrecubierta se adivina un hombre (solo se ve un sombrero, las manos y parte de los antebrazos, vestidos con camisa). Sujeta un periódico cuya portada parece estar en blanco. Excepto por el título de la cabecera, que a su vez es el título del libro.

No suelo hablar mucho del exterior de los libros que leo, pero es que por ahora (y voy en la página 56 de un total de 218) el interior de este no me está permitiendo sacar mucho en claro. Sí, voy descubriendo la trama; y sí, también voy entendiendo el funcionamiento de este periódico surrealista, que pretende mostrar cómo será su funcionamiento en el futuro, si alguna vez llega a estar disponible para el público en general. Para ello, se parte de un curioso sistema de trabajo en el que se entremezclan los lados más oscuros de la política y los medios de comunicación, y de paso se ridiculiza el ámbito académico. Sin embargo, no acabo de comprender la historia. No del todo. Y, si bien no termina de disgustarme, tampoco me está enganchando.

Sigo leyendo mientras trato de componer el puzle. ¿Alguno de vosot@s ha llegado ya al final?


[1] Eco, Umberto. (2015). Número Cero. Barcelona: Lumen.

La nota

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La nota es clara, concisa. Tan directa que le produce casi más dolor que ver al bicho ahí, en el felpudo, con las entrañas formando una masa blanca y compacta al lado del cuerpo. Así aplastado, el arácnido parece casi del mismo tamaño que el puño de Pablo, su hijo de ocho años. Y ahora tiene que decidir cómo contarle al niño que han matado a su mascota.

 

Un día cualquiera

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Hoy no ha sucedido nada. Sigo exactamente en el mismo sitio, en la misma posición y a una distancia prudente del mismo cristal, que sigue tan sucio como ayer.

He visto pasar 23 personas. 46 pies y tobillos. Y 4 manos, porque una mujer se agachó para atar los cordones de los zapatos de un niño. El chaval intentó apartarle las manos de malas formas y recibió un grito que hizo paralizarse por un momento, solo un instante, a dos pies con sus dos tobillos.

Supongo que quería ser él el que se atase los cordones. Supongo que solo quería sentirse libre. A mi también me gustaría ser capaz de atarme los cordones y salir andando por mi propio pie de este sitio.

 

No hay tiempo

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No hay tiempo para prosperar cuando ya se han roto todos los cristales, cuando los relojes han dejado de funcionar y las manos huelen a guantes de fregar. Ya no hay tiempo, no, ni lugar para guardar lo que queremos. Ya nadie puede evitarlo. Los lobos se comerán lo que queda, y no dejarán ni los huesos. Ya no hay tiempo ni siquiera de esperar. La nostalgia se nos viene encima, gritando que todo ha acabado ya.

 

Ella

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Cada vez que la miro, veo una historia nueva en su rostro; un nuevo rasgo que la define; una persona distinta. En ocasiones, ni siquiera la reconozco. Podría ser cualquiera. Solo estoy seguro cuando estamos aquí los dos, juntos frente al mar que se extiende sereno frente a nosotros. Los pies hundidos en la arena húmeda, un cielo estrellado sobre nuestras cabezas, y ella cogiéndome de la mano con fuerza, como si fuera a perderme en la playa desierta.