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Tenía 6 años pero no era mi primera guerra, así que sabía esconderme y quedarme tan quieta y callada como fuera necesario, durante todo el tiempo que hiciera falta. Por eso cuando escuché primero el ruido de uno de esos camiones militares parando frente a la casa, y después el de un montón de suelas chocando contra el suelo, sin que nadie me dijera nada me levanté con rapidez, al tiempo que cogía mi plato apenas manchado de comida, mi vaso, mi servilleta y mis cubiertos y los guardaba en una bolsa que mamá me había preparado. Había practicado el proceso en numerosas ocasiones con mi hermano, incluso cronometramos el tiempo que nos llevaba subir corriendo la escalera, así que era consciente de que tenía escasos minutos antes de que llegaran a nuestro piso. No sabíamos con seguridad si vendrían, pero existía la posibilidad. Sin pensarlo me deslicé en el interior de la cocina de metal, en el espacio que quedaba entre la bombona, vacía e inservible desde hacía semanas, y el horno. Era un espacio muy reducido pero yo siempre había sido demasiado pequeña y delgada para mi edad, y después de las últimas semanas me había quedado en poco más que piel y huesos, así que no tuve demasiados problemas para buscar una posición relativamente cómoda, que me permitiera estar quieta y no hacer ruido.

No llamaron a la puerta. La abrieron a golpes, utilizando algún tipo de herramienta. Los escuché avanzar por el pasillo, golpeando con fuerza el suelo de madera, al tiempo que gritaban que no nos moviéramos de dónde estábamos. Yo obedecí mientras, a través de una estrecha rendija, observaba la cocina. Veía la cara de mi madre, sentada justo enfrente, y los perfiles de mi padre y mi hermano. Los tres muy quietos, aunque temblando ligeramente mientras esperaban a que los soldados irrumpieran en la habitación. Lo hicieron enseguida, y lo primero que vi fueron los cañones largos de tres armas. Entraron tres hombres, y otros tres después de ellos. Al final apareció el jefe. No llevaba arma alguna en la mano, sino un cuaderno en el cual leyó nuestros nombres, pronunciándolos en voz alta. Mis padres y mi hermano asintieron cuando escucharon los suyos, pero después del mío sólo siguió el silencio. Mi madre empezó a llorar, y mi padre carraspeó antes de anunciar que yo había muerto durante el último bombardeo, el día anterior.
“Perfecto.” – Fue la respuesta de aquel hombre. Después hizo un gesto a los seis hombres y salió de allí. Los soldados no dijeron nada pero se situaron en línea cerca de la mesa frente a la que seguía sentada mi familia. Yo busqué los ojos de mi madre, empapados en lágrimas, y no dejamos de mirarnos hasta que unos segundos después tanto ella como mi padre y mi hermano estaban muertos.

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Esta historia se ha construido a partir del recurso del binomio fantástico, explicado por Gianni Rodari en su Gramática de la fantasía.

Según Rodari, para que dos palabras compongan un binomio fantástico realmente útil, tienen que ser palabras extrañas entre sí, no pertenecientes a la misma familia, no conectadas a priori, sea a nivel léxico o cultural. Es importante, para activar la imaginación, que nuestra mente tenga que luchar con ellas para unirlas, y por ello el autor recomienda escogerlas al azar. Para cumplir con esta parte del ejercicio, cogí un ejemplar de la Gramática de la fantasía de Rodari y lo abrí por varias páginas diferentes, dejando después caer el dedo índice, a ciegas, sobre distintos puntos de las hojas. Después de descartar algunas palabras (artículos y verbos), encontré dos sustantivos – cañones y ojos – que consideré lo suficientemente alejados entre sí, y empecé a considerar posibles historias a partir de ellos. La idea inicial fue conectar directamente ambas palabras – ojos como cañones, que disparan miradas -, pero finalmente me decanté por una historia que evolucionó hasta convertirse en la que precede a estas líneas.

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