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Aunque la iglesia en la que yo oficiaba era pequeña y oscura, resultaba todo lo acogedora que una iglesia de piedra puede ser. Me sentía a gusto en ella, especialmente durante las bodas y los bautizos, por el ambiente de felicidad que solía emanar de los asistentes a aquellas ceremonias. Hasta aquella mañana de 25 de diciembre en la que mi fé empezó a quebrarse. Aquel día amaneció sin niebla y se mantuvo a lo largo de toda la mañana sin una sola nube en el cielo. A pesar de ser bastante poco usual a esas alturas del año, la ausencia de nubes habría pasado casi desapercibida si no fuera porque cuando llegaron los protagonistas de la boda más escueta que había vivido hasta ese momento – los dos novios acompañados de dos testigos -, la lluvia empezó a caer de forma súbita e intensa, brotando de un cielo azul e inmaculado.

Sólo yo parecía darme cuenta del suceso, y cuando lo mencioné los cuatro desviaron con habilidad el tema. La novia, que llevaba un vestido blanco de gasa justo por debajo de las rodillas, me pareció muy hermosa, con una sonrisa perenne y una tez blanca y muy pálida. El novio, de traje negro y corbata, tenía una mirada intensa y penetrante, y el gesto amable de su rostro de vez en cuando se torcía en una mueca que me pareció de dolor, aunque ocurrió tan pocas veces y con tanta rapidez que no podría asegurarlo. Las testigos eran dos mujeres ya cerca de los sesenta, con su maquillaje perfecto y sus permanentes recién hechas.

Entramos los cinco en la iglesia. Yo, al ser el último, observé como todos mojaban los dedos en el agua bendita y hacían una ligera inclinación en dirección a la cruz mientras se persignaban. Todos excepto el novio, que pasó junto a la pila de piedra asegurándose, según me pareció, de no tocar ni gota. Sentí una punzada de aprensión, una ligera opresión en el pecho, pero decidí que lo mejor sería que me calmara y dejase de elucubrar imaginando el significado de cada acto de aquellas personas. Al fin y al cabo – traté de convencerme a mí mismo – podía haber miles de explicaciones para aquella lluvia y para la fobia que el novio parecía mostrar ante el agua bendita. Además, aunque todos mis sentidos me indicasen que algo anormal estaba ocurriendo, no podía hacer otra cosa que continuar con la ceremonia, pues el obispo me había escrito de forma expresa para ordenarme que, pasase lo que pasase, bajo ningún concepto dejase de celebrar la boda. En su carta me exhortaba a ignorar cualquier acontecimiento extraño, pero al mismo tiempo aquel trozo de papel había servido para ponerme en situación de alerta desde el mismo momento en que había rasgado el sobre.

Después de humedecerme los dedos en la pila y hacer la señal de la cruz con la mano derecha sobre mi rostro, avancé entre las dos hileras de bancos y pasé junto a la novia. Al instante, llamaron mi atención dos diminutas manchas de sangre en el vestido, por lo demás blanquísimo, de ella. Estaban a la altura del cuello, muy cerca de lo que me parecieron dos pequeñas incisiones. Sin detenerme continué hasta mi puesto frente a la pareja y empecé la ceremonia sin más preámbulos, pero la palidez de la mujer era tan intensa que en varias ocasiones me detuve para preguntarle si se encontraba bien, y en cada una de esas ocasiones el novio la miró, pasándole un brazo por la espalda, en un gesto que tanto podría ser de cariño como una amenaza velada.

Cuando finalicé mi intervención, los novios se besaron y me pidieron que les hiciera un par de fotos a los cuatro. Después todos salimos al exterior, donde ya no llovía, y se despidieron de mí con cierta prisa. Los cuatro se dirigieron al único coche que había aparcado frente a la iglesia, y se marcharon. Esa misma noche la policía se presentó en mi puerta: en la memoria de una cámara de fotos, habían encontrado varias imágenes en las que se veía de fondo el interior de la iglesia. La cámara estaba en un coche aparcado junto a un acantilado, el mismo por el que cuatro personas se habían precipitado entre las diez y las once de aquella misma noche. No encontraron identificación alguna en los cuerpos ni en el coche. Sólo la cámara, y en ella sólo aquellas fotos.

Reconocí sin dificultad a los dos novios y a sus dos testigos, no sin sorprenderme al observar que parecían intactos a pesar de los golpes que sin duda habían recibido al caer por el acantilado y golpearse contra las rocas debido al empuje de las olas.

Pasó el tiempo y diferentes asuntos desplazaron el suceso a un lugar recóndito de mi memoria, hasta que volvió a ser 25 de diciembre. La mañana amaneció luminosa, sin rastro de niebla, sin nubes, y a pesar de todo una ligera llovizna me golpeó la cara cuando salí al exterior. De inmediato, volvieron a mi mente, a mi presente, los sucesos que rodearon aquella boda, y pensando en ellos caminé hasta la iglesia. Al abrir la puerta de madera descubrí cuatro figuras sentadas en los primeros bancos. La garganta se me secó y sentí que me costaba respirar, pero aún así avancé caminando despacio por las baldosas de piedra. Las cuatro figuras se volvieron, y al momento reconocí sus caras. Eran la pareja a la que había casado hacía exactamente un año y las dos testigos que los acompañaron. Las mismas cuatro personas a las que identifiqué en el depósito de cadáveres de la policía. Me detuve. Intenté retroceder pero mi cuerpo ya no me respondía. Sólo temblaba de pavor. Podía oír el rechinar de mis propios dientes, y podía sentir que mi cuerpo estaba a punto de desfallecer, presa del pánico. Mientras, aquellas cuatro personas que ya no debían estar allí, se acercaron a mí con paso firme.

No se asuste. – Murmuró la hermosa mujer de piel blanca y delicada. Todavía vestía el vestido blanco con el que se había casado, y éste aún mostraba lo que parecían ser dos pequeñas gotitas de sangre cerca del cuello. – Sólo hemos venido a darle las gracias – continuó -, porque al oficiar nuestra boda nos liberó a los cuatro de una terrible maldición. Usted nos ha permitido morir en paz.
Por fin. Ahora el ciclo ha terminado. – Añadió una de las mujeres que habían actuado como testigos, mientras los cuatro asentían afirmativamente. – Ya no nos volverá a ver.

Los cuatro sonrieron casi al mismo tiempo, y a medida que recuperaba el control de mi cuerpo ellos fueron desapareciendo. Lo hicieron poco a poco, pero no sabría describir exactamente cómo.

Llamé de inmediato al obispo, tratando de encontrar alguna explicación a lo ocurrido, y concretamente a la carta que me envió exhortándome a que celebrase aquella boda, pero ignoró todas mis llamadas, e incluso las cartas que le envié, y las pocas veces que nos volvimos a ver en persona, rehusó quedarse conmigo a solas. Sólo mucho tiempo después, cuando yo ya había renunciado al sacerdocio, me lo encontré por casualidad. Me miró fijamente y respondió sin decir nada en realidad: hay cosas que es mejor no entender, Manuel.

Este texto se ha elaborado a partir del ejercicio de escritura Jugando con las letras, propuesto en el blog Literautas.

El ejercicio consta de cuatro pasos, que se resumen en:

1) elegir una palabra. Para ello abrí un diccionario por una página al azar y dejé caer mi mano a ciegas sobre la entrada de la palabra “bien”;

2) Formar una palabra nueva a partir de cada una de las letras que componen la palabra escogida: bien. Mis palabras: bueno, iglesia, entrada, nube;

3) Formar una frase con cada una de esas palabras. Mis frases: es demasiado bueno para ella; se casaron en una iglesia del norte; en la entrada de la iglesia había agua bendita, que él evitó tocar; No había una sola nube aquella mañana de diciembre;

4) Conectar las frases, o lo que éstas sugieren, en una misma historia.

En mi caso, la conexión que debía establecerse en el paso 4, comenzó a darse (por casualidad) durante la construcción de las frases, en el paso 3, lo cual quizá ha desvirtuado un poco el ejercicio. Por otra parte, finalmente no incluí la palabra “bueno”, la frase “es demasiado bueno para ella” ni la idea que ambas sugieren. Sin embargo, creo que he cumplido con el principal objetivo del ejercicio, ya que ha servido para activar mi imaginación permitiéndome crear un relato breve partiendo de una simple palabra: bien.
¡Espero vuestras opiniones!

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