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Pablo se despierta con ganas de hacer pis. Camina por el pasillo. Ya está lejos de la seguridad que le proporcionan las sábanas de su cama, cuando escucha un ruido.

– ¿Hay alguien ahí? – pregunta a la oscuridad, con la voz ligeramente temblorosa, mientras se agarra con fuerza al pantalón de su pijama del Hombre Araña. Espera oír la voz cansada de su padre, diciéndole que apure y se vuelva rápido a la cama. Pero sólo hay silencio.

Hace pis como un superhéroe y emprende la vuelta a su habitación. Una vez allí se acurruca entre las mantas y cierra los ojos.

– ¿Hay alguien ahí? – pregunta entonces una voz.  

Microrrelato, microcuento, minificción, microficción, cuento brevísimo, minicuento. Son muchos los nombres por los que se conoce a esos relatos que apenas ocupan unas líneas pero en los cuales sin embargo se condensa una pequeña historia, en parte contada y en parte dejada en manos del lector o del oyente, para que la continúe.

Quería escribir un microrrelato, y para ello me inspiré en las minificciones creadas por otros autores (y de las cuales en Banco de Textos se recoge una hermosa recopilación). Sin embargo, seguía sin ser suficiente para hacer brotar la historia. Decidí definir un poco más el tipo de relato que quería crear, y me decanté por el terror. El siguiente paso consistió en llevar a cabo una lluvia de ideas (conmigo misma), elaborando un listado en el cual recogí algunos de mis miedos/fobias: las arañas, los muñecos demasiado realistas, los lugares grandes y oscuros, un intruso en casa, etc.

A medida que iba construyendo la lista, la pequeña escena que se incluye al principio de esta entrada iba cobrando vida. En la versión inicial, cuando el niño pregunta si hay alguien ahí, algo/alguien le responde con un “no” desde la oscuridad. La historia no terminaba de convencerme, así que seguí dándole vueltas hasta darle una nueva vuelta de tuerca.  

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