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Leo se despertó temprano, con ese ligero dolor de cabeza que tan bien conocía – palpitante, en la sien derecha – y que solía anunciar otro todavía mayor. Se dirigió despacio a la cocina, arrastrando las zapatillas desgastadas y sucias, y apretó el botón de la cafetera sin molestarse en comprobar si había café y agua en sus respectivos compartimentos. Elena se encargaba de que todo estuviera a punto cada día, y por más que estaba atento a sus posibles fallos (para así poder echárselos en cara a su madre, que la había contratado en lo que él suponía un arrebato maternal con el cual ella no quería sino dejar constancia, una vez más, de que sin ella, sin su ayuda, no llegaría a ninguna parte) todavía no había sido capaz de cazarla en un desliz. Todo estaba siempre perfecto. Tan perfecto que era precisamente él lo único que desentonaba entre tanta limpieza y lujo, con sus zapatillas y sus pantalones raídos, su barba de una semana y el pelo grasiento pegado a la frente.

– Levantar persianas. – Pronunció la orden casi a media voz, pero el mecanismo domótico se activó al instante, permitiendo que la luz inundara la amplia habitación. El piso ocupaba la séptima planta (completa) de un edificio nuevo, de esos tan modernos que desentonan sin remedio con todo lo que les rodea – o eso opinaba Leo. No era una construcción especialmente atractiva a la vista, desde luego, pero eso se olvidaba una vez que uno estaba dentro – había leído una expresión similar en Ojos de agua, de Domingo Villar, y le resultaba muy apropiado para describir sus impresiones desde que había visitado por primera vez el que terminaría convirtiéndose en su hogar -. Se sirvió un poco de café en una taza y fue a sentarse en una de las butacas de cuero negro que había frente al ventanal. Dejó vagar la mirada por el océano, increíblemente azul, y después giró la cabeza en dirección a la playa, donde algunas figuras se movían realizando diferentes actividades, o simplemente se dejaban quemar la piel bajo el sol de las doce del mediodía.

Hacía ya casi un año que vivía allí. Había comprado el piso con el adelanto que le había pagado la editorial. El problema era que el tiempo se acababa y no había libro terminado, ni siquiera un borrador. De hecho, lo único que tenía era una página llena de tachones que había querido ser un esquema, pero que se había convertido en algo más simbólico que real, una metáfora de su propio fracaso.

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