Etiquetas

, ,

En su Manual de técnicas narrativas, Enrique Páez propone la escritura de “un monólogo interior” propio o de otra persona, como puede ser “[…] un alumno durante un examen, un loco en su celda, un actor en su camerino”, etc. A modo de instrucciones, el autor aconseja que se busquen “cuatro o cinco obsesiones a las que volver una y otra vez” y se escriban en primera persona, procurando “reflejar el caos del pensamiento”. Para ello, recomienda que primero nos relajemos, pongamos la mente en blanco y nos dejemos “invadir por cualquier tipo de pensamiento, saltando de uno a otro” para a continuación tratar de “plasmar ese caos en el papel”, sin intentar ser coherente ni respetar “las leyes de la sintaxis” (p. 69). ¡Probemos!

Personaje seleccionado: Un escritor, pero un escritor ya conocido para mí y ya presentado en Una habitación, pues se trata de Leo, el protagonista de la entrada El escritor en su laberinto.

Sus obsesiones: 1. Escribir un segundo libro (novela policíaca, sobre el asesinato de un hombre en una casa cerca de la playa en Gijón, un detective y una mujer rubia aficionada a correr por la playa); 2. El fracaso y/o el miedo al fracaso; 3. La confabulación entre su madre y Elena (la mujer de la limpieza); 4. Una mujer rubia que va a correr cada día por la playa que puede ver desde la ventana de su salón; 5. La limpieza (lo cual incrementa su frustración por falta de higiene corporal).

El monólogo:

No es un buen día. ¿Por qué iba a serlo? Llueve sin parar y el mar esta revuelto. No he visto hoy aparecer a la mujer. Creo que debería ponerle un nombre. Al fin y al cabo soy escritor, se me presupone una cierta capacidad inventiva. Bueno, escritor, casi me da la risa. Escritor. Un escritor debería escribir libros. Libros, en plural. Yo sólo he escrito uno. Un libro de mierda que se pudre en la estantería de alguna librería barata. Seguro que ahora mismo algún ratón se estará dando una buena merienda con él. O una rata. Esta noche he soñado con ratas de diferentes tamaños. Ratas marrones, grandes como gatos, pequeñas como diminutos ratoncitos. ¿Por qué habré soñado con ratas? Será por la limpieza que reina en este sitio. Seguro que la bruja de mi madre ha contratado a esa dichosa mujer para que me haga la vida imposible, para que me haga soñar con ratas asquerosas. Hoy huelo mal, percibo mi propio sudor, y hasta las moscas revolotean inquietas alrededor de mi cabeza. Debería ducharme. Activaré la grabadora de la ducha por si surgen nuevas ideas. El detective debería darse cuenta de que la mujer está ocultando algo. Seguro que está buena. A lo mejor no tanto como la de la playa. Pero está buena. Mira esas piernas, ese culo. ¿Cómo se las arreglará para correr descalza por la playa sin hacerse daño en esos tobillos tan finos? Soy un imbécil. ¿Cómo puedo saber desde aquí sin son finos o no? Me lo imagino. Ya, pues tu imaginación a veces te da malas pasadas. Ya lo sabes. ¿Y qué te importa? ¿Vas a acercarte a ella y pedirle matrimonio? Antes deberías ducharte pobre iluso, y perder por el camino la maldita barriga que no te deja verte los pies.

Impresiones a partir de la escritura/transcripción del monólogo: creo que la principal consecuencia de este pequeño ejercicio es que ahora conozco un poco más al personaje sobre el que escribí casi a ciegas en la anterior entrada. También probablemente me conozco un poco más a mí misma, ya que aunque lo que he escrito no tiene demasiado que ver conmigo sí hay algunos aspectos que sí. Supongo que es inevitable, ya que los personajes que creamos son parte de nosotros mismos, y sus miedos, alegrías, rarezas, obsesiones y pensamientos nacen en lo más profundo de nosotros, escritores y dioses (de algún modo) de esos mundos que podemos modelar a voluntad y en los que vamos dejando rastros de nosotros mismos.

Anuncios