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La diosa observa la caída de la noche junto a un árbol, camuflada entre su corteza. A su lado descansa un alce ciego cuyo tamaño es quizá el doble del habitual. Muy quieto, espera una caricia que nunca llega porque cuando la diosa extiende la mano hacia él, aparece el viajero que tanto tiempo llevan esperando. Emerge de la oscuridad, a caballo, guiándose por el sonido que las herraduras del animal producen al golpear el sendero, poco definido pero inconfundible (al menos durante el día), que marca la ruta a seguir por aquellos que quieran – o deban – atravesar el bosque Negro.

Este breve párrafo es el inicio de un relato creado a partir de las palabras alce, árbol y ruta

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