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En su obra Ejercicios de Estilo[1], Raymond Queneau narra una misma anécdota de múltiples maneras diferentes. El resultado es un impresionante compendio de formas de contar una historia, y en ocasiones resulta incluso divertido. A pesar de ello, no creo que sea una lectura recomendable para quien busque una lectura absorbente, o un hilo argumental.  Ejercicios de estilo es más bien un libro de trabajo, que interesará especialmente a aquellos escritores que quieran aprender, mejorar su técnica de escritura y explorar nuevas ideas y formas de expresión. Eso era lo que yo buscaba cuando decidí seguir su ejemplo. Para ello, escogí el texto “De madrugada”, publicado en Una habitación el 27 de septiembre de 2014, y lo transformé de acuerdo con los estilos “Relato” y “Negatividades”. Fue entonces, mientras trabajaba en el proceso de convertir el minicuento en algo diferente, cuando descubrí que el ejercicio me ayudaba también a profundizar en la trama y en el carácter de los personajes, a tantear sus límites y posibilidades.

En el caso del relato, me centré en cuidar la estructura y añadir detalles para establecer mejor el contexto; y en el caso del texto Negatividades, incidí en el esquema tipo “Esto no es lo que yo quiero contar, sino esto” (y similares).

Aquí está el resultado.

Relato

Una madrugada Pablo se despertó con ganas de hacer pis. Vestido con su pijama del Hombre Araña, se bajó de la cama y se acercó a la puerta de la habitación, dudando. Aunque la necesidad de vaciar la vejiga era muy fuerte, también lo era el miedo que le producía el pasillo, esa cueva estrecha y oscura que tenía que recorrer hasta llegar al baño. Al final se decidió, dejó atrás la seguridad de su cama y empezó a caminar descalzo sobre el suave suelo de madera. A medio recorrido, escuchó un ruido, y agarrándose con fuerza a la tela del pantalón, preguntó con voz temblorosa: “¿Hay alguien ahí?” Esperaba oír la voz de su padre, diciéndole que se apurase y volviese rápido a la cama, o la de su madre preguntándole si se encontraba bien, pero el silencio fue la única respuesta.

Llegó finalmente al baño, hizo pis con toda la rapidez que pudo y, sintiéndose como un héroe después de realizar una acción extremadamente valiente, en la cual su vida ha corrido peligro, volvió a la habitación. Esta vez el pasillo ya no le resultó tan amenazador, y hasta le pareció que podía ver en la oscuridad. Cuando llegó a su cama, se acurrucó entre las mantas y cerró los ojos, dispuesto a volverse a dormir. Entonces, de algún punto de la habitación emergió una voz infantil, que tartamudeando preguntó: “¿Hay alguien ahí?”

Negatividades

No es un anciano, un bebé o una señora embarazada, sino un niño. No se llama Jacobo ni Alfredo, sino Pablo; y no se despierta porque sea la hora de levantarse sino porque tiene ganas de hacer pis. Y no es que bebiera mucho antes de acostarse o tenga incontinencia, sino que no fue al baño cuando su madre le dijo que lo hiciera.

No son las doce ni la una, sino casi las 3. El niño no se mea encima ni grita por sus padres, sino que se levanta. No se queda en la habitación, sino que sale al pasillo, y no al tejado de su casa. No se mueve corriendo, sino caminando. El pasillo no está iluminado sino completamente a oscuras. No se siente seguro, sino aterrorizado, pero eso no lo detiene. No al principio del pasillo sino muy cerca ya del baño, Pablo (no Jacobo ni Alfredo), escucha no la voz de sus padres sino un ruido que no reconoce. Sin gritar, sin susurrar, pregunta en voz no demasiado alta: ¿No hay nadie ahí, no? Su voz no suena tranquila, sino aterrada. Sus manos tampoco parecen relajadas, sino que se aferran con fuerza al pantalón de su pijama, que no es de Supermán ni de Batman, sino de Spiderman (pero por alguna razón ese nombre no le gusta,  así que no se refiere a él así, sino como el Hombre Araña). No llega ninguna respuesta a su pregunta.

Cuando llega al baño (no al salón o al jardín), no se ducha ni se lava las manos, sino que hace pis y (de nuevo sin lavarse las manos) vuelve a recorrer no la cueva de un oso, sino sólo un pasillo demasiado oscuro para su gusto. Finalmente llega no a la cocina sino a su habitación, y en vez de echarse a dormir en la alfombra o meterse en el armario, se acurruca entre las mantas. No deja sus ojos abiertos, sino que los cierra. Pero la habitación no se queda en silencio por mucho tiempo. Una voz que no es la suya se escucha no unos minutos ni una hora después, sino sólo unos instantes, cuando ya no tiene los ojos abiertos: “¿No hay nadie ahí, no?”.


[1]Queneau, Raymond. (1987). Ejercicios de estilo. Traducción de Antonio Fernández Ferrer. Madrid: Cátedra.

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