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Hace poco murió un amigo de mi abuela. Un hombre que, a sus 83 años, iba dos veces a la semana a clases de gimnasia de mantenimiento y caminaba varios quilómetros al día. Un hombre que hace menos de un mes salió en autobús desde su pueblo gallego y  emprendió un viaje de una semana para conocer parte de Andalucía. Un hombre que, a pesar de su avanzada edad, estaba todavía ansioso por aprender, por mejorar, por vivir nuevas experiencias.

Era un ser anónimo. No lo reconoceríais si os lo encontrarais por la calle. Pero era alguien para su familia y un buen número de amigos. Los deja a todos atrás, sin apenas ruido.

Ya ha vivido su vida. Y ha sido larga – podríais decirme, tal vez tratando de aplacar mi pena.

Otros mueren mucho, muchísimo antes. Es cierto. Es una forma de verlo. Pero también es verdad que con él han muerto las historias que ha dejado sin contar, o a medias, las partidas de dominó pendientes con los amigos, los juegos con sus nietos y bisnietos. A todos los ha dejado un poco huérfanos.

Pensando en este señor, y tal vez sin mucha razón de ser, se me han venido a la mente algunos de esos escritores que han muerto dejando atrás algo a medias, o terminado pero sin publicar. Como Roberto Bolaño y su inquietante 2666, Stieg Larsson y la trilogía Millennium o Marina Keegan y su obra Lo opuesto a la soledad.

Escribo estos nombres por escoger sólo algunos ejemplos, pero cabrían muchos más. De lo que se trata es de expresar cómo una se queda intranquila, casi indignada, pensando de una forma completamente egoísta y egocéntrica, en todo lo que les quedaba por contar, en todo lo que habrían podido escribir. Lo sientes por ellos, por sus familias y sus amigos, por supuesto, pero también por ti, que te quedas un poco descolocada, aunque por suerte acompañada por sus libros, por sus palabras, escritas o no.

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