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Estoy escribiendo una historia. Voy ahora mismo en el capítulo cinco, y desde hace por lo menos dos me persigue un fantasma. Me grita que mis palabras pierden sentido e interés a medida que avanzo. Tal vez sea el momento de volver atrás para tratar de reencontrarme con ese entusiasmo que me acompañó mientras escribía los primeros párrafos. ¿O es mejor continuar y dejar que la historia siga su propio cauce?

Sea cual sea la estrategia, tengo algo claro: hay que continuar escribiendo, aunque tal vez no necesariamente la historia en sí. En ocasiones se trata únicamente de escribir sobre los personajes o el entorno en el que se mueven. Aunque lo que obtenga como resultado sean textos cuyo destino no sea figurar en el manuscrito final (que a veces sí), estoy segura de que contribuyen a reforzarlo.

Lo que importa es quedarse cerca, escuchando cómo la historia fluye, porque en ocasiones a los personajes les da por empezar a susurrar. Entonces, los fantasmas que no nos interesan se alejan, y por un tiempo todos los caminos se iluminan. La única pena es que a veces dura muy poco, y otras no pasa de ser una ilusión pasajera, un espejismo. Sea lo que sea, es aprovechable. Como todo, de una forma u otra.

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