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Hay libros que me gustaría que nunca terminasen. Me siento tan cómoda leyéndolos, descubriendo poco a poco los secretos de sus personajes, que llego a considerarlos una parte de mí. Por eso cuando me doy cuenta de que me estoy acercando al final empiezo a ralentizar el ritmo de lectura, parándome en cada frase, tratando de absorber cada imagen, olvidando a ratos que puedo volver a leerlo.

Hoy he sido de pronto consciente de que el libro que estoy leyendo es uno de ésos. Los cien sentidos secretos, de Amy Tan[1]. Se me ocurrió de pronto ayer, cuando descubrí que había empezado a leer con más detenimiento las palabras, en lugar de pasar por ellas a la velocidad habitual. No quiero terminarlo. El problema es que no sé si Olivia y su hermana Kwan me lo van a permitir.


[1] Tan, Amy. (2002). Los cien sentidos secretos. Tusquets: Barcelona.

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