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El diccionario Clave de uso del español actual de SM (2010) define “casualidad” como una “combinación de circunstancias que no se pueden evitar”.

Circunstancias como el hecho de que el prólogo de este diccionario esté escrito por Gabriel García Márquez y yo lo haya descubierto justo ahora, que acabo de terminar la relectura de Noticia de un secuestro[1]; o como el hecho de estar escribiendo un relato sobre una mujer pintora y tropezar con Celine[2], obra en la cual se narran varias semanas de la vida de una adolescente muy independiente que resulta ser una apasionada pintora.

Creo que lo importante de estas pequeñas coincidencias es que son una demostración más de que nunca sabemos dónde pueden estar las mejores ideas, las que nos pueden llevar a escribir un texto valioso, que merezca la pena leer. O aquellas ideas que, aunque no nos conduzcan a la escritura de nada, son tan valiosas por sí mismas que leerlas, saborearlas, constituye en sí mismo un placer. Como lo fue leer ese prólogo escrito por García Márquez, en el cual narra una preciosa anécdota con su abuelo. Dice de él que no era un hombre culto, pero sí lo era lo suficiente como para saber que no lo sabía todo, que algunas respuestas podían estar en los demás y otras en los libros, concretamente en un diccionario:

“[…] sabe Dios cuál y de cuándo, muy viejo y ya a punto de desencuadernarse”[3]

Este afán por saber, por comprender el fondo de las cosas, me hace recordar (¿casualmente?) una anécdota que, cuando estaba en quinto o sexto de primaria, nos contó la profesora de lengua española: una mujer de la limpieza la había abordado para preguntarle el significado de una palabra. No recuerdo cuál, pero sí que era tan básica que cuando nos la dijo, la carcajada fue general. Ella esperó a que nos callásemos y luego nos dijo que, pese a lo que nosotros pudiéramos pensar, aquella mujer había sido muy valiente al atreverse a admitir su ignorancia, pues así la había superado. Y además había demostrado que más vale parecer una ignorante por un minuto que quedarse en la oscuridad el resto de toda una vida, por miedo a no preguntar, a no admitir que no sabemos o no comprendemos algo. Por miedo a pedir ayuda, o a dejarse ayudar. Por miedo (tal vez) a no ser capaces de encontrar un sentido a las casualidades que ocurren a nuestro alrededor y forman parte de lo que llamamos “nuestra” vida.


[1] García Márquez, Gabriel. (1996). Noticia de un secuestro. Barcelona: Mondadori.

[2] Cole, Brock. (1994). Celine. Barcelona: Círculo de Lectores.

[3] Clave. Diccionario de uso del español actual. (2010). “Prólogo”. Madrid: SM.

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