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Voy a ser clara contigo.

Sí, te hablo a ti que me miras desde el espejo y pareces observarme como si me conocieras. A lo mejor crees que por tener mi rostro, mi pelo y hasta mi ropa, eres yo. Eres un buen duplicado, casi perfecto, tengo que admitirlo. Pero en ese “casi” está la clave. Ni siquiera eres mi reflejo, así que deja de hacer como que sí. De hecho, si tuvieras alguna decencia y aunque sólo fuera un poco de amor propio, terminarías con esta farsa y te irías a vivir tu vida.

No me mires así. Sé que estás sorprendida, que no te esperabas esto, pero tampoco dramatices. Estoy harta de plantarme cada día frente a ti y tener que fingir que creo que eres yo. Ya basta de estupideces. Si no sales tú, tendré que entrar y sacarte por la fuerza. Así que ya sabes a qué atenerte.

¡Anda, mira, si parece que reaccionas!

¿Qué quieres? No te entiendo. Como no te expliques mejor, va a ser difícil que nos comuniquemos. Sí, vale, ya sé que no ayuda el hecho de que no puedas hablar, pero eso no es problema mío. Venga, vale, haré un esfuerzo. 

Ah ¿quieres que vaya? Pues no te explicas tan mal, después de todo. Pero ¿en serio?

Bueno, ¿por qué no? Espera un segundo, que me descalzo.

No me mires así. Tengo que subirme al lavabo para llegar al espejo, y no quiero mancharlo.

¡No te rías! Sabes perfectamente que acabo de limpiarlo.

Vale, ya está. ¿Y ahora qué? ¿Simplemente me acerco? ¡Eh! ¡Espera! ¡Me estás haciendo daño! ¿Qué haces? ¡No, quieta!

¡Mierda! ¿Cómo lo has hecho?

Vale, vale. No hace falta que digas nada. Soy una completa estúpida. Yo solita me he metido en el espejo. Y, por lo que veo, eso te ha permitido a ti salir. ¡Eh, no uses mis zapatos!

¡Pues claro que los voy a necesitar!

O tal vez no. Al menos mientras no te decidas a volver a entrar.

¿Y ahora a dónde vas?

¡Anda, mira la tía! ¿Y qué hago yo mientras?

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Este texto en segunda persona de singular es un pequeño experimento. Ha sido inspirado por la lectura de Cómo se escribe una novela, de Héctor García Quintana (Córdoba: Berenice, 2006). 

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