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Las gigantescas lechuzas aterrizaron a escasos metros de donde estábamos, emitiendo una especie de siseo metálico, tan agudo que nos hizo gruñir a todos a causa del dolor en los oídos. El guía sonrió exultante, casi burlándose, mientras señalaba unos pequeños tapones de cera que sobresalían ligeramente de los orificios de sus orejas. Todavía enseñando los dientes, nos indicó que lo siguiéramos al interior de la cabina. Al principio nos quedamos paralizados, pero la inquietante mirada de las aves, que nos observaban con sus ojos redondos mientras se atusaban las unas a las otras el plumaje dorado, nos sirvió de acicate. De todas formas, no teníamos muchas opciones. Si no subíamos en aquel transporte y nos dejábamos llevar en volantas por los animales, tendríamos que quedarnos en aquel paraje desolado, a la intemperie y a saber por cuánto tiempo.

Una vez estuvimos todos sentados y literalmente atados a nuestros asientos (si se les puede llamar así, porque en realidad eran sólo bloques de un material parecido al hierro, pero más ligero y con una forma que recordaba ligeramente a la de las sillas), el hombre emitió un silbido. De  inmediato sentimos arañazos en el techo de la cabina. No hacía falta ser muy agudo para deducir que se trataba de las lechuzas agarrando las barras de la cabina, pero aun así pude percibir el pánico extendiéndose entre los pasajeros, yo incluido. Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos, dos o tres minutos después, ya volábamos por encima del desierto -el Piri, susurró a mi lado un hombre bigotudo, más para sí mismo que para mí o cualquiera de los otros que formaban el grupo-, y su arena rojiza me hizo pensar en el fuego. Entonces un pensamiento se abrió paso en mi mente con furia, y recordé que había visto antes aquel desierto: en uno de aquellos extraños sueños que tenía cuando era niño, y de los cuales me despertaba gritando y empapado en sudor. Si aquel sueño había sido una premonición, entonces cabía esperar que las cosas se pusieran todavía un poquito más extrañas.

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Este texto se basa en uno de los recursos creativos propuestos por Gianni Rodari en su Gramática de la Fantasía: el error creativo [1].

Si, tecleando a máquina un artículo, da la casualidad de que escribo ‘Manzania’ en lugar de ‘Tanzania’, queda descubierto un nuevo país perfumado y silvestre: sería una pena tacharlo de los mapas de lo posible […]; mejor explorarlo, como turistas de la fantasía.

Siguiendo su ejemplo, he realizado una recopilación de algunos errores míos (por ejemplo, la utilización de la palabra “pirivueltas”, en lugar de voltereta o de pirueta) o de las personas de mi entorno.  Al final he tomado las palabras “piri” (a partir de “pirivuelta”, que yo utilizaba en lugar de “voltereta” o de “pirivuelta”)  y “otobús” (que decía una de mis hermanas cuando era pequeña para referirse al autobús). La primera palabra la convertí en el nombre del desierto con facilidad. Para buscar la forma de usar la segunda, recurrí al diccionario. Resulta que “oto” es una especie de lechuza grande[2]. Para saber algo más sobre esta ave, tomé como referencia la información que se proporciona sobre las lechuzas en la página web de la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife)[3].

¿Os animáis vosotros a escribir algo utilizando este recurso del error creativo?


[1] Rodari, Gianni. (2007). Gramática de la fantasía: introducción al arte de contar historias. Barcelona: Planeta.

[2] Real Academia Española. Diccionario de la Lengua [en línea]. 22ª ed. [Consulta: 12 junio 2015] Disponible en: http://lema.rae.es/drae/?val=

[3] SEO/BirdLife. Lechuza común [en línea]. [Consulta: 12 junio 2015] Disponible en:  http://www.seo.org/ave/lechuza-común/

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