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Señala Esther Tusquets en el prólogo de Las mujeres que escriben también son peligrosas[1], que “Jane Austen se alegraba de que chirriara el gozne de la puerta para poder esconder su manuscrito antes de que entrara nadie”, pues consideraba que “había algo vergonzoso en el hecho de escribir Orgullo y Prejuicio” (p. 11). Tusquets aclara que esa vergüenza no se debía a la temática del libro, sino al hecho de que la profesión de la escritura era considerada “impropia” de las mujeres.

Impropia. Es decir sin las cualidades adecuadas a las circunstancias. Como dice la RAE: “Falto de las cualidades convenientes según las circunstancias” o “Ajeno a una persona, cosa o circunstancia, o extraño a ellas”.[2].

No es que me resulte sorprendente, ni siquiera poco habitual, el hecho de que en la época de Austen se considerase que las mujeres en conjunto carecían de las cualidades necesarias para desarrollar un discurso coherente (cuanto más para escribir un libro). O al menos no tan coherente e interesante como el que podría elaborar un hombre (léase con ironía, por si no he sido lo suficientemente clara). Sin embargo, no deja de resultarme interesante la forma en que este tipo de elementos nos atrapan y nos reducen, limitándonos tanto que a veces puede llegar a ser difícil incluso distinguir lo que es real y lo que no. Todavía hoy.

Obviamente, no me refiero únicamente a las mujeres, ni al ámbito de la escritura, sino a cualquier grupo de personas que sea (a un nivel u otro) sometido por otro. En ese sentido, y dándole una vuelta de tuerca al tema, resulta  fascinante (aunque no necesariamente bonita) la forma en que la escritura (el lenguaje en su conjunto), precisamente, se ha utilizado para afianzar ese sometimiento. Así, de la misma forma que “impropio” sirve para describir de forma casi amable lo que no es adecuado que haga una dama (porque se presupone que carece de virtudes para ello, por ejemplo), se han utilizado también otras palabras – inicialmente carentes de cualquier connotación positiva o negativa, como los colores negro, blanco o amarillo – para convertirlas en una herramienta de clasificación y etiquetaje de personas, facilitando el manejo del sistema a los que ejercen el dominio en un momento y/o lugar dado. Lo bueno es que estos mismos recursos del lenguaje pueden utilizarse para promover la búsqueda de una sociedad en la que las diferencias en esas (¿inevitables?) etiquetas, dejen de ser un motivo para la desigualdad de oportunidades.


[1] Bollman, Stefan. (2007). Las mujeres que escriben también son peligrosas. Maeva: Madrid.

[2] Real Academia Española. Diccionario de la Lengua [en línea]. 22ª ed. [Consulta: 16 junio 2015] Disponible en: http://lema.rae.es/drae/?val=

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