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Cogió una copa de vino de la bandeja que le ofreció un joven camarero rubio, y casi por accidente se descubrió mirándolo a los ojos. De color marrón verdoso, almendrados. Exactos a los de su hijo Miguel, desaparecido hacía ya casi diez años. Observó entonces su nariz, ligeramente torcida, y esas manos que tanto se parecían a las de su padre. ¿Sería él? Pronunció su nombre en un susurro, y el joven se volvió de inmediato hacia ella. Pero sólo consiguió identificar una emoción en la expresión de su rostro, y no era cariño ni sorpresa, sino sólo reproche.


En 2013 presenté este microrrelato al concurso Entre copas de la Escuela de Escritores. Ahora he decidido darle una segunda vida. No he modificado nada respecto al original (ni siquiera he cambiado una coma de sitio), pero me ha costado resistirme porque ya no me convence tanto como cuando lo envié al concurso. Creo que en los próximos días volveré sobre él, le daré mil vueltas, lo haré crecer. Lo convertiré en otra historia, no necesariamente mejor pero sí distinta.

¿Qué hacéis vosotros con los relatos que enviáis a concursos y que no resultan seleccionados?

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