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—Hay un sueño en un rincón. ¿Lo ves? —Me dijo, señalando con el dedo, al tiempo que oprimía la yema contra la ventanita de cristal blindado ubicada en la parte superior de la puerta de acero frente a la cual estábamos los dos. Muy quietos. Nuestros hombros rozándose a través de las finas mangas de su camisa y mi blusa—. Antes guardaban a los locos en habitaciones acolchadas como esta, para no verlos.

—No los guardaban para no verlos. —le contesté, sin poder reprimirme—. Los metían en lugares como este para que no se hiciesen daño.

—Ya, bueno, eso querían creer. —me susurró mientras esbozaba una sonrisa condescendiente y volvía a mirar a través del cristal. Le imité.

El sueño estaba muy quieto. Tanto que por un momento pensé que podría estar muerto. Pero entonces se movió. Con lentitud, casi con pesadez, y esbozó un suspiro tan profundo que lo escuché sin problemas desde mi lado del cristal. Parecía aburrido. O tal vez simplemente avergonzado. Quizá se sentía mal por ser quien era: un sueño absurdo, aunque más común de lo que algunos imaginan, con instintos suicidas y una visión del mundo tan egocéntrica que creía poder hacer con él cualquier cosa. Como si se tratase de una pelotita de plastilina. O un bote de tinta.

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