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Pablo siente una ligera molestia en la barriga y se detiene para tratar de tranquilizarse. Hace seis años que se prepara, y no alberga dudas acerca de la necesidad de llevar a cabo la operación, pero sí en cuanto a sus capacidades. Y no es el único. Él ha sido el responsable del plan desde el principio, pero la diosa Fortuna —como le gusta llamar a su tendencia a escoger siempre la peor forma de hacer las cosas— no lo ha acompañado demasiado durante este tiempo, y algunos han expresado ya que no están muy contentos con cómo está llevando las cosas, pero por lo pronto ahí sigue, sacando lo mejor de sí mismo. Un pitido en el oído le avisa de que todo está a punto. Se endereza y se alisa la camisa marrón mientras en su mente repasa los pasos a seguir, pero por alguna razón todo el plan de trabajo le parece ahora poco más que una hoja llena de tachones. Cierra los ojos para concentrarse. Siente la brisa, el tacto suave de la tela de algodón pegada a su espalda sudorosa, los elegantes zapatos nuevos en sus pies, y cómo cruje bajo ellos la arena de cristal fino.

—Adelante —murmura, y su voz pone en marcha el mecanismo que devuelve la vida al pueblo. Aunque sólo por unas horas, igual que cada semana.


Hoy se cumple un año desde que publiqué La primera entrada en Una habitación, y para celebrarlo alguien muy especial me sugirió que construyese un texto a partir de pequeños (diminutos) detalles de los relatos publicados hasta el momento.

¡Bienvenid@s a la fiesta!

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