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T. está sentada en un sillón, junto a la cama, y tiene las piernas estiradas sobre una silla para tratar de bajar la hinchazón de los pies. Hace calor y todos lo sufrimos, pero ella más de lo habitual. El parto fue difícil, y todavía puede verse el rastro del dolor y el cansancio en su rostro. En las ojeras que empañan su belleza natural; en la palidez ligeramente chocante de su rostro, normalmente de un exótico moreno. Pero también son evidentes otras sensaciones. De felicidad, de orgullo. En el brillo de los ojos, en la forma en que una sonrisa parece estar siempre ahí, o casi a punto. La razón descansa en una cunita acristalada. Tiene los enormes ojos cerrados y el ceño ligeramente fruncido. Es E., que solo lleva un día fuera del acogedor útero y ya nos tiene a todos enamorados de su carita preciosa y diminuta, y de su enorme mata de pelo.

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