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El hombre tiene una voz suave, casi femenina, y habla en voz baja. Acompaña sus palabras de un gesto con las manos que me hace desconfiar. No es lo que dice sino lo que no dice, o la forma en que se expresa. Algo falta. O sobra. Un dato que no soy capaz de ver, de reconocer o de interpretar. Probablemente estoy más cansada de lo que creía. En silencio, me alejo del grupo. No dejo de escuchar sus palabras, aunque cada vez me suenan más lejanas. Al final son sólo un murmullo a mis espaldas. No le hace gracia, por supuesto.

Desde donde estoy no puedo distinguir los gestos de su cara, ni mucho menos su forma de mirarme, pero noto que lo hace. Soy la única que no ha reaccionado a su revelación de la forma que él esperaba. Soy la única que no se ha quedado pasmada observándolo a él, escuchándolo hablar de los milagros que ha hecho su dios de plastilina. Me acerco al agua y dejo que la espuma me envuelva los pies. Cierro los ojos, inclino la cabeza ligeramente hacia arriba y me quedo muy quieta, esperando a que algo ocurra y mi mente reaccione. Mientras, mis pies se van enterrando en la arena blanda.

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