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Llevo años recorriéndolo. Cuando analicé su trazado en los escasos mapas disponibles, y después me situé en su entrada, con mi mochila y dispuesta a recorrerlo en un tiempo razonable, no tuve en consideración todas las variables. No incluí en mi valoración absolutamente todos los múltiples posibles recorridos, ni las trampas o los monstruos casi surrealistas que podría encontrarme. Pero hoy, cuando por fin dejo atrás los muros que durante tantos años han sido cárcel y mi hogar, todo eso da igual ya. Cierro por unos instantes los ojos para poder sentir con más intensidad el calor del sol sobre mi rostro. Camino despacio, tanteando el suelo con mis pies, y sólo unos metros después vuelvo a despegar los párpados, paladeando la agradable sensación de sentirme libre. Todavía faltan algunos obstáculos, pero ya puedo ver desde aquí la línea de meta. Con su cinta indicando que no es el final, sino solo el punto en el que debe continuar mi viaje. Un nuevo inicio.

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