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Leyendo El jilguero[1], de Donna Tartt, he redescubierto lo que significa zambullirse de lleno en la trama de un libro; dejarse llevar por los acontecimientos, encariñarse con unos personajes y odiar a otros, no solo porque me recuerdan a personas reales sino porque han pasado a ser parte de mi vida, ocupando un hueco en mis pensamientos mientras leo, pero también cuando dejo el libro a un lado por unas horas y sigo con mi vida.

Y todo ello a pesar de (o quizá gracias a) la abrumadora honestidad de Theo Decker, el protagonista principal; a pesar de algunos de los sórdidos personajes y situaciones que retrata la autora; a pesar del dolor, a menudo soterrado, que lo impregna todo y me acompaña, como lectora, a través de las diferentes escenas.

Estoy en la página 713, de un total de 1143 y, por suerte, todavía me queda mucho para llegar al final de la historia.


[1] Tartt, Donna. (2014). El jilguero. Traducción de Aurora Echevarría. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.

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