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No. Nadie lo es. Parece una evidencia, y de hecho a menudo se dice esa frase acompañada de un tono que implica que debemos asumirlo, que es inevitable. Sin embargo, probablemente a todos nos ha ocurrido, en algún momento, que hemos mirado a alguien —un vecino, un familiar, un famoso—, nos hemos fijado en sus bíceps, en su novia, en su casa o en su coche, y no hemos podido evitar pensar que lo que vemos de su vida (una ínfima parte, en realidad) parece perfecta; tan perfecta que sentimos que la envidia —sana, nos gusta creer— se convierte en algo real, físico, una especie de demonio interior que nos corroe, volviéndonos ciegos a todo aquello que no sirva para apoyar esa idea de perfección. Pero entonces, de vez en cuando ocurre algo, no necesariamente impresionante, y la imagen idílica estalla. En pedacitos.

Como hace un rato, por poner un ejemplo. Estaba observando a través de las cortinas, y he visto a Sara salir a hurtadillas. En bata. Sin maquillar. Arrastraba, con un esfuerzo evidente, el cubo de la basura, y al bajar el borde de la acera la tapa se levantó de golpe. Una mano blanca y flácida quedó colgando unos instantes. No pude evitar sonreírme, sorprendido, mientras ella se apresuraba a meterla de nuevo en el interior. Después miró nerviosa a su alrededor, tan preocupada por si alguien había visto algo que se olvidó por un momento de mantener cerrada la bata. Esta se abrió entonces ligeramente, y el camisón de gasa color rosa chicle asomó por un instante maravilloso. Revelador. Han pasado casi diez minutos, el tiempo de vestirme y prepararle un delicioso café. Volveré a pedirle una cita.

—Esta vez seguro que no me rechaza.

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