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Volver a la ciudad en la que uno se siente como en su casa a pesar de estar lejos de su verdadero hogar. Encontrarla igual pero distinta. Descubrir que, efectivamente, la lluvia repiquetea en sus calles de una forma particular.

Dormir en la misma cama de hace años, y descubrir que desde el otro lado de la pared solo llega silencio y no la televisión a todo volumen, ni los gritos de una mujer sorda que siempre se olvida de ponerse el audífono. Averiguar que la ausencia de ruido es porque hace tiempo que la mujer murió. Darse cuenta, de una forma casi estúpida, de hasta qué punto la vida es efímera. Breve como el trayecto en solitario de una cualquiera de esas gotas de lluvia que, aparentemente ajenas a las preocupaciones humanas, resbalan por el cristal de la ventana.

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