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La vía del tren, uno de los barrios por los que discurre y dos hombres, parecen ser los principales puntos de conexión entre las vidas de Rachel, Megan y Anna, las tres mujeres en torno a las cuales gira (a diferentes niveles) la trama de esta historia[1].

Estoy en la página 172 (de un total de 316) y aunque creo que sé lo que está ocurriendo, no las tengo todas conmigo. No es que sea difícil seguir el libro o que no esté escrito de una manera clara y entretenida. No. Lo que ocurre es que Paula Hawkins se muestra como una narradora sutil, delicada, que nos permite a los lectores entrever lo que ocurre, pero aun así se las arregla para mantenernos en el terreno de la duda, con esa sensación permanente de que hay algo que se nos escapa. A lo largo de la historia, Hawkins proporciona una constante sucesión de pequeñas sorpresas. Sorpresas que no descolocan, que no resultan difíciles de encajar, pero que dejan a uno con la sensación de haber encontrado una explicación a un detalle que antes no estaba del todo claro, aunque tal vez no éramos plenamente conscientes de ello. Exactamente lo mismo que ocurre, en ocasiones, cuando uno está conociendo a una persona, profundizando en su forma de ser, de pensar; y de pronto un día esa persona hace un comentario o desvela, comunica o menciona un acontecimiento determinado, un pensamiento, una idea, y con eso (que puede ser en principio un detalle nimio) arroja luz sobre un lugar en el que antes solo había oscuridad. Y entonces sentimos de pronto que la relación con esa persona, a la que acabamos de redescubrir gracias a la nueva clave de lectura, ha cambiado, y esa persona se nos muestra tal vez más cercana, más comprensible. O más lejana que nunca.


[1] Hawkins, Paula. (2015). The girl on the train. Londres: Transworld publishers. En español: La chica del tren. Planeta.

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