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Desde las tablillas mesopotámicas y egipcias hasta las actuales bibliotecas digitales. Desde las más pequeñas bibliotecas particulares hasta las grandes bibliotecas nacionales. Desde las bibliotecas públicas hasta las privadas. Universitarias, ambulantes, profesionales, de prisiones, parlamentarias, de hospitales, monásticas… Todas ellas, tanto de forma individual como en conjunto, son testimonio del interés y la curiosidad humana, de nuestro interés no solo por aprender sino por perdurar, por dejar constancia de nuestro paso, por transmitir lo que hemos aprendido, descubierto, ideado, durante nuestro corto paseo por el mundo.

Jamtlands lans bibliotek

Si tuviera que escoger algún lugar para estar, escogería una biblioteca pública. La escojo cada vez que puedo, de hecho. Me gustan por su silencio (que nunca es tal, en realidad), pero también por el murmullo de la gente preguntando, aconsejando, pensando; por el ruido de los lápices y los bolígrafos al deslizarse por el cuaderno, tomando notas; por el sonido de las páginas de los periódicos, y por los ceños fruncidos de los jubilados que leen el periódico y se van enfureciendo poco a poco por dentro. Me gustan por los cuentacuentos alrededor de los cuales se juntan las niños para acercarse a la lectura de una forma distinta. Me gustan por el personal que trabaja en ellas y las disfruta, por los y las bibliotecarios/as que cada día se esfuerzan en brindar lo mejor de sí mismos/as para que cada persona que acude a ellos se vaya con la sensación de haber encontrado no solo lo que quería, sino también ese algo más que les hará volver.


La foto la tomé hace unos siete años en la Jämtlands läns bibliotek, una preciosa biblioteca pública ubicada en Östersund (Suecia).

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