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En ocasiones idealizamos a las personas, otorgándoles un poder tal que sus juicios pueden llegar a afectarnos profundamente. Quizá ocurre cuando no nos sentimos seguros con nosotros mismos, y por eso tenemos que buscar en otros esa confirmación de que algo que hemos hecho, elaborado o pensado —o incluso algo que somos— está bien o alcanza determinados estándares.

Es cierto que no podemos ser nuestros propios jueces en ciertas situaciones, pero sí podemos juzgar (normalmente sin ayuda externa) si hemos sido o no amables o sensibles con un amigo, un amante o un desconocido, o si algo que hemos confeccionado está bien o no, al menos según nuestro criterio y de acuerdo con lo que sabemos del tema.

Es cierto que parte de nuestro equipaje como seres humanos está compuesto de dudas, de miedos como, por ejemplo, a dar nuestra opinión y que esta resulte equivocada a los ojos de los demás. No me parece conveniente dejar atrás esa mochila y caminar casi a ciegas, creyendo que todo lo que sale de nuestras manos y de nuestra boca es perfecto; pero tampoco podemos dejarnos llevar por la inseguridad, pues eso podría desencadenar que nuestras acciones y palabras se conviertiesen en la extensión de la mente de otras personas. Ya nos ocurre a diario, en cierta medida, pues de forma casi inevitable la vida en sociedad implica ceder, en muchas ocasiones inconscientemente, a los deseos y designios de otros a los que tal vez ni siquiera conocemos. Lo que no podemos —no deberíamos— permitir es que se inserten en nuestro cerebro de tal forma que nos lleven a creer que sus opiniones y sus ideas son mejores que las nuestras. Al fin y acabo estas personas son tan susceptibles de fallar y/o dejarse llevar por sus debilidades como lo somos nosotros.

En el mundo de la escritura, la situación no es diferente. Hay ciertos personajes influyentes y hay otros que se dejan influir. Y no exclusivamente en el círculo de los escritores, sino también entre grupos como los de los escritores y los lectores, pues los primeros a veces otorgan a los segundos una posición tal que los convierte en jueces de las obras que leen, cuando en realidad solo están dando su opinión. Esta puede ser muy fundada y estar sostenida sobre criterios técnicos, etcétera, pero no por ello ajena a las influencias que el lector haya recibido de su cultura, sus experiencias, sus lecturas, o su forma de vivir y entender su propia existencia.

No propongo que ignoremos las críticas y nos encerremos en el lugar más apartado que encontremos para evitar que algo nos roce, pero ¿qué tal si probamos a no conceder a nadie el poder necesario para ensalzarnos y luego destruirnos de un plumazo? ¿Qué tal si probamos a no creernos demasiado las críticas, sean positivas o negativas? ¿Qué tal si probamos a dejarnos llevar por las historias que queremos contar, y las narramos de la forma que nos gustaría leerlas? En definitiva, y aunque tal vez sea menos sencillo de lo que parece, ¿qué tal si, simplemente, escribimos, sin pensar en otra cosa que no sea la historia que queremos contar?

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