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No tengo muy claro de dónde vengo, pues mi conciencia despertó justo cuando me separé de ese todo desconocido del que al parecer procedo. Tal vez era parte de la piel de un ser humano. Tal vez una vez sentí lo que se percibe al ser acariciado. Ahora soy lo que los humanos llaman una mota de polvo. O eso dicen los que me rodean. Somos una gran comunidad, y algunos llevan aquí mucho tiempo. Dicen que han visto iluminarse y apagarse el cristal en muchas ocasiones. Dicen que cuando se ilumina es que es de día, y cuando se apaga que es de noche. Al principio, cuando llegué aquí, no sabía si creerles, pero desde entonces he apreciado cierta regularidad en la iluminación y apagado del cristal, así que tal vez sea cierto. Una pauta que pone orden dentro del caos.

¿Pero cómo comprobarlo? Tendría que acercarme para tocar el material del que está hecho, averiguar si son los humanos los que ponen en marcha el mecanismo del día y la noche o si es algo que se encontraron funcionando. Pero veo lejana la posibilidad de llegar hasta el cristal. Estamos en un lugar relativamente alto y ni una sola de las motas recuerda haber visto un plumero o un paño pasar por aquí, y no sé de qué otra forma podría moverme. Los que como yo están en el borde del mueble, sí han visto cómo el polvo de los otros muebles cambia de sitio con relativa frecuencia, pues un humano pasa a menudo por allí revolucionándolo todo, pero nosotros nos limitamos a crecer, acumulándonos los unos sobre los otros, mientras esperamos que alguien mueva el mueble o se acuerde de que estamos aquí. O simplemente abra el cristal en un día de tanto viento que nos arrastre y nos permita ver más allá de este rincón. Y comprender.


Hoy nos hemos despertado con la información de todo lo que ha ocurrido esta noche en Paris. Dudo que llegue a comprender ciertas cosas por mucho que viaje o abra mi mente a nuevas y diferentes ideas. La violencia y el terror nunca deberían ser la respuesta a nada, y con frecuencia son solo una forma de ignorancia, de fanatismo.

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