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Hay alguien a escasos metros de mí. Puedo sentir su respiración lenta, casi imperceptible; y el calor de su cuerpo. Tengo la impresión de que casi me roza. Y sin embargo, cuando extiendo el brazo tratando de tocarlo, o tocarla, solo encuentro aire. Un aire tan espeso que por un instante tengo la impresión de que podría atraparlo y meterlo en una jaula.

—Una jaula —pienso, o tal vez lo digo en voz alta. Entonces recuerdo: soy yo—. Yo estoy encerrada.

—Es cierto —contesta una voz, al tiempo que una esquina de la habitación se ilumina, y a través de las rejas veo a un hombre, también atrapado entre barrotes. Ha pasado uno de sus brazos, delgadísimos, entre dos de ellos, y lo mantiene apoyado contra una pared manchada de humedad, muy cerca de una llave de la luz. Me mira unos instantes antes de volver a mover el brazo. La luz se apaga y los dos nos quedamos en silencio.

 

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