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La nota es clara, concisa. Tan directa que le produce casi más dolor que ver al bicho ahí, en el felpudo, con las entrañas formando una masa blanca y compacta al lado del cuerpo. Así aplastado, el arácnido parece casi del mismo tamaño que el puño de Pablo, su hijo de ocho años. Y ahora tiene que decidir cómo contarle al niño que han matado a su mascota.

 

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