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Nunca he dejado de sentir el peso de su mirada sobre mí. Ni siquiera estando a cientos de quilómetros, en otro país, en un lugar que supuestamente desconoce. Siempre he sabido que no es posible ocultarle ciertas cosas, no al menos durante demasiado tiempo. Supongo que por eso tardé tanto en irme, adivinando que su obsesión le llevaría a no descansar hasta volver a tenerme entre sus garras. Supongo que por esa razón tampoco me sorprendo cuando llego a casa y descubro la nota en mi habitación. Creo que incluso estaba esperando algo así, una señal de su presencia, pues en mi interior sabía que era solo cuestión de tiempo que me encontrase.

Despacio, dejo a un lado la esterilla de yoga que llevo colgando del hombro, y me quedo quieta unos momentos, tratando de agudizar el oído para tratar de captar cualquier sonido que me revele dónde está, porque sin duda sigue en el piso. Los momentos se transforman en minutos. Me cuesta reunir la fuerza y el valor necesarios para acercarme a la mesa de madera sobre la que reposa ese trozo de papel, tan simple y al mismo tiempo tan capaz de aterrorizarme. Cuando rozo la hoja con las yemas de los dedos de la mano izquierda, noto cómo me tiembla todo el brazo y, por un instante, siento incluso un cosquilleo imposible en la mano derecha. Me quito las gafas de sol y enseguida reconozco su caligrafía barroca. Una sola línea, seguramente escrita con su pluma favorita. Lo imagino escribiéndola, sentado frente al gigantesco escritorio de madera al que me tenía estrictamente prohibido acercarme: “No puedes dejarme”.

Por supuesto que no puedo. Lo he sabido siempre, en realidad. Por eso no me inmuto cuando siento el crujido de la madera y, poco después, la bisagra de la puerta, que tan intencionadamente he dejado sin engrasar. Por eso estoy preparada, con su nombre en la boca, y lo pronuncio lentamente cuando veo su rostro.

—Ángel. —Él me saluda con una sonrisa que quiere parecerse a la de un padre decepcionado. Pero no me engaña. Ya no. Se acerca con pasos de gigante, mirándome con esos ojos de color azul helado que una vez me parecieron cálidos. Probablemente no espera de mí ninguna reacción. Probablemente supone que me quedaré tan paralizada como cuando me cercenó la mano con el machete de la cocina. Supone mal. Esta vez es él el sorprendido, lo sé por cómo entreabre los labios y se le dilatan las pupilas, cuando siente la frialdad del arma a través de la suave camisa que lleva puesta. Lo único que me decepciona es que no veo terror alguno en su rostro de líneas finas y perfectas, recién afeitado. Aun así, aprieto el gatillo sin darle tiempo a decir nada. Y todo se acaba.


 
 

Cinco ingredientes (yoga, caligrafía, obsesión, gafas de sol, ángel), una historia y una fecha estrella. ¡Feliz cumpleaños, Clari!

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