¿Leyendo sobre el futuro?

Las torres del olvido[1] se desarrolla en algún momento entre el siglo XXII y el XXIII, en una Australia medio inundada a causa del cambio climático, donde una historiadora investiga cómo vivían los humanos a mediados del siglo XXI. Queriendo acercar su trabajo al gran público, decide escribir una novela en la cual narra la vida de diversos personajes, a partir de lo que ha aprendido de ellos. Mientras, con pinceladas más gruesas, desvela detalles de sí misma, de su vida y la de sus contemporáneos, y nos lleva a reflexiones a veces inesperadas sobre la forma que cada persona tiene de abordar su propia existencia.

Creo que es un libro que invita a la reflexión. No sólo por lo escalofriante de las semejanzas que esa previa al apocalipsis muestra con la nuestra, sino también porque introduce elementos que, quizá por obvios, a veces ni siquiera nos paramos a considerar.

“[…] el mundo no es el lugar que nosotros pensamos que es. No es racional ni justo.” (p. 169)


[1] Turner, George. (2007). Las torres del olvido. Barcelona: Ediciones B. [The sea and the summer. 1988. Traductor: Jordi Gubern]. Voy en la página 205 de un total de 473.

¡Feliz año! Espero que venga cargado de libros y nuevas historias que contar. ¡Nos leemos!

Mantener la calma

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—Hay que mantener la calma, la cabeza fría, las manos ocupadas. —Por eso me entretengo a mí mismo contando los dedos que me quedan en las manos. Siete en total: tres en la derecha, cuatro en la izquierda. Ningún pulgar—. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. —Y respirar. Inspirar. Expirar—. Hay que mantener la calma, la cabeza fría, las manos ocupadas.

Voy contando los dedos despacio. Tocándolos con los de la otra mano. Memorizando su tacto. Intento mantener la calma. Intento pensar en posibles maneras de huir. Intento concentrarme en las pequeñas tareas, pero solo puedo pensar en que ya no tardarán en volver. Entonces tendré que restar un número al recuento.


Es posible que no pueda publicar nada nuevo durante dos o tres semanas, así que si no nos vemos antes… ¡Hasta finales de diciembre!

 

Hay alguien

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Hay alguien a escasos metros de mí. Puedo sentir su respiración lenta, casi imperceptible; y el calor de su cuerpo. Tengo la impresión de que casi me roza. Y sin embargo, cuando extiendo el brazo tratando de tocarlo, o tocarla, solo encuentro aire. Un aire tan espeso que por un instante tengo la impresión de que podría atraparlo y meterlo en una jaula.

—Una jaula —pienso, o tal vez lo digo en voz alta. Entonces recuerdo: soy yo—. Yo estoy encerrada.

—Es cierto —contesta una voz, al tiempo que una esquina de la habitación se ilumina, y a través de las rejas veo a un hombre, también atrapado entre barrotes. Ha pasado uno de sus brazos, delgadísimos, entre dos de ellos, y lo mantiene apoyado contra una pared manchada de humedad, muy cerca de una llave de la luz. Me mira unos instantes antes de volver a mover el brazo. La luz se apaga y los dos nos quedamos en silencio.

 

Comprender

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No tengo muy claro de dónde vengo, pues mi conciencia despertó justo cuando me separé de ese todo desconocido del que al parecer procedo. Tal vez era parte de la piel de un ser humano. Tal vez una vez sentí lo que se percibe al ser acariciado. Ahora soy lo que los humanos llaman una mota de polvo. O eso dicen los que me rodean. Somos una gran comunidad, y algunos llevan aquí mucho tiempo. Dicen que han visto iluminarse y apagarse el cristal en muchas ocasiones. Dicen que cuando se ilumina es que es de día, y cuando se apaga que es de noche. Al principio, cuando llegué aquí, no sabía si creerles, pero desde entonces he apreciado cierta regularidad en la iluminación y apagado del cristal, así que tal vez sea cierto. Una pauta que pone orden dentro del caos.

¿Pero cómo comprobarlo? Tendría que acercarme para tocar el material del que está hecho, averiguar si son los humanos los que ponen en marcha el mecanismo del día y la noche o si es algo que se encontraron funcionando. Pero veo lejana la posibilidad de llegar hasta el cristal. Estamos en un lugar relativamente alto y ni una sola de las motas recuerda haber visto un plumero o un paño pasar por aquí, y no sé de qué otra forma podría moverme. Los que como yo están en el borde del mueble, sí han visto cómo el polvo de los otros muebles cambia de sitio con relativa frecuencia, pues un humano pasa a menudo por allí revolucionándolo todo, pero nosotros nos limitamos a crecer, acumulándonos los unos sobre los otros, mientras esperamos que alguien mueva el mueble o se acuerde de que estamos aquí. O simplemente abra el cristal en un día de tanto viento que nos arrastre y nos permita ver más allá de este rincón. Y comprender.


Hoy nos hemos despertado con la información de todo lo que ha ocurrido esta noche en Paris. Dudo que llegue a comprender ciertas cosas por mucho que viaje o abra mi mente a nuevas y diferentes ideas. La violencia y el terror nunca deberían ser la respuesta a nada, y con frecuencia son solo una forma de ignorancia, de fanatismo.

Derrotando fantasmas

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En ocasiones idealizamos a las personas, otorgándoles un poder tal que sus juicios pueden llegar a afectarnos profundamente. Quizá ocurre cuando no nos sentimos seguros con nosotros mismos, y por eso tenemos que buscar en otros esa confirmación de que algo que hemos hecho, elaborado o pensado —o incluso algo que somos— está bien o alcanza determinados estándares.

Es cierto que no podemos ser nuestros propios jueces en ciertas situaciones, pero sí podemos juzgar (normalmente sin ayuda externa) si hemos sido o no amables o sensibles con un amigo, un amante o un desconocido, o si algo que hemos confeccionado está bien o no, al menos según nuestro criterio y de acuerdo con lo que sabemos del tema.

Es cierto que parte de nuestro equipaje como seres humanos está compuesto de dudas, de miedos como, por ejemplo, a dar nuestra opinión y que esta resulte equivocada a los ojos de los demás. No me parece conveniente dejar atrás esa mochila y caminar casi a ciegas, creyendo que todo lo que sale de nuestras manos y de nuestra boca es perfecto; pero tampoco podemos dejarnos llevar por la inseguridad, pues eso podría desencadenar que nuestras acciones y palabras se conviertiesen en la extensión de la mente de otras personas. Ya nos ocurre a diario, en cierta medida, pues de forma casi inevitable la vida en sociedad implica ceder, en muchas ocasiones inconscientemente, a los deseos y designios de otros a los que tal vez ni siquiera conocemos. Lo que no podemos —no deberíamos— permitir es que se inserten en nuestro cerebro de tal forma que nos lleven a creer que sus opiniones y sus ideas son mejores que las nuestras. Al fin y acabo estas personas son tan susceptibles de fallar y/o dejarse llevar por sus debilidades como lo somos nosotros.

En el mundo de la escritura, la situación no es diferente. Hay ciertos personajes influyentes y hay otros que se dejan influir. Y no exclusivamente en el círculo de los escritores, sino también entre grupos como los de los escritores y los lectores, pues los primeros a veces otorgan a los segundos una posición tal que los convierte en jueces de las obras que leen, cuando en realidad solo están dando su opinión. Esta puede ser muy fundada y estar sostenida sobre criterios técnicos, etcétera, pero no por ello ajena a las influencias que el lector haya recibido de su cultura, sus experiencias, sus lecturas, o su forma de vivir y entender su propia existencia.

No propongo que ignoremos las críticas y nos encerremos en el lugar más apartado que encontremos para evitar que algo nos roce, pero ¿qué tal si probamos a no conceder a nadie el poder necesario para ensalzarnos y luego destruirnos de un plumazo? ¿Qué tal si probamos a no creernos demasiado las críticas, sean positivas o negativas? ¿Qué tal si probamos a dejarnos llevar por las historias que queremos contar, y las narramos de la forma que nos gustaría leerlas? En definitiva, y aunque tal vez sea menos sencillo de lo que parece, ¿qué tal si, simplemente, escribimos, sin pensar en otra cosa que no sea la historia que queremos contar?

ELDE

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Parece el nombre de un lugar lejano, o inventado. Al menos eso fue lo que pensé cuando lo leí por primera vez, y lo cierto es que no iba tan desencaminada: ELDE es el acrónimo de El libro del escritor, un proyecto ideado y puesto en marcha por Meritxell Terrón, periodista y escritora, y José Molina, ingeniero informático. En él se combinan varias propuestas: un blog sobre escritura, una red social literaria gamificada [1], una herramienta de escritura profesional[2] y una oferta  de cursos en línea en torno a la escritura creativa y la lectura crítica; y entre sus objetivos está precisamente el de convertirse en punto de encuentro para lectores, escritores, editoriales y librerías[3].

ELDE2Lo que más me ha llamado la atención del planteamiento de ELDE, es esa red social literaria que están configurando como si fuera un juego. Está principalmente dirigida a escritores y lectores interesados en formar parte de una comunidad en la que la literatura se considera un valor en alza, y las habilidades que hay que mejorar para ganar puntos y subir de nivel son la lectura y/o la escritura.

ELDE

El “juego” comienza con la selección de un alias y un bando (un género literario) y un avatar que representará al jugador, que compite tanto en grupo como individualmente, a través de su participación en los diversos eventos y misiones propuestas, que pueden ser escribir un cierto número de días seguidos o completar un relato bajo determinadas condiciones; o mediante la realización de cursos de escritura, gratuitos y de pago, con ellos.

En principio me parece una idea estupenda, innovadora y muy trabajada, y estoy deseando ver cómo funciona. ¿Qué os parece? ¿Conocéis otros proyectos relacionados con la escritura y/o la lectura?


[1] En el blog de ELDE se define gamificación como el “empleo de mecánicas de juegos en entornos no lúdicos […] con el objetivo de potenciar la motivación, el esfuerzo y la concentración”. Terrón, Meritxell (2015, 15 noviembre). ¿Qué es la gamificación? El libro del Escritor [blog]. [Consulta: 29/10/2015]. Disponible en: http://blog.ellibrodelescritor.com/que-es-la-gamificacion/

[2] ELDE Pluma, que planean lanzar durante este otoño.

[3] Meritxell Terrón y José Molina han iniciado una campaña de micromecenazgo en Verkami para recaudar un total de 4.800 € que les permitan ampliar el equipo e implementar mejoras en aspectos como el diseño de los avatares de la red social. Si quieres convertirte en mecenas y contribuir: http://www.verkami.com/projects/12620-el-libro-del-escritor#apartado5

Las imágenes, cedidas por ELDE, se corresponden con un ejemplo del tipo de servicios a los que tendrán acceso los usuarios y otro de cómo verán su página de perfil.

Mi lugar

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Desde las tablillas mesopotámicas y egipcias hasta las actuales bibliotecas digitales. Desde las más pequeñas bibliotecas particulares hasta las grandes bibliotecas nacionales. Desde las bibliotecas públicas hasta las privadas. Universitarias, ambulantes, profesionales, de prisiones, parlamentarias, de hospitales, monásticas… Todas ellas, tanto de forma individual como en conjunto, son testimonio del interés y la curiosidad humana, de nuestro interés no solo por aprender sino por perdurar, por dejar constancia de nuestro paso, por transmitir lo que hemos aprendido, descubierto, ideado, durante nuestro corto paseo por el mundo.

Jamtlands lans bibliotek

Si tuviera que escoger algún lugar para estar, escogería una biblioteca pública. La escojo cada vez que puedo, de hecho. Me gustan por su silencio (que nunca es tal, en realidad), pero también por el murmullo de la gente preguntando, aconsejando, pensando; por el ruido de los lápices y los bolígrafos al deslizarse por el cuaderno, tomando notas; por el sonido de las páginas de los periódicos, y por los ceños fruncidos de los jubilados que leen el periódico y se van enfureciendo poco a poco por dentro. Me gustan por los cuentacuentos alrededor de los cuales se juntan las niños para acercarse a la lectura de una forma distinta. Me gustan por el personal que trabaja en ellas y las disfruta, por los y las bibliotecarios/as que cada día se esfuerzan en brindar lo mejor de sí mismos/as para que cada persona que acude a ellos se vaya con la sensación de haber encontrado no solo lo que quería, sino también ese algo más que les hará volver.


La foto la tomé hace unos siete años en la Jämtlands läns bibliotek, una preciosa biblioteca pública ubicada en Östersund (Suecia).